Un día común

 

Un día común. Eso podría pensar cualquiera Pero no el espíritu alegre de Margarita. Se sentía agobiada. Ni siquiera la ilusión de un viernes próximo la había alentado. La renta que volvía a tocarle la puerta el día primero. Las alas, limitadas a volar con pasaporte cubano debían conformarse con el techo que le ofrecía la maleta azul color cielo, el único cielo que verían por ahora. ¡ Y que ni protestaran, coño, que pa’ protestas estaba ella! Las tareas de los muchachos cada tarde. Sus tareas propias con deadline en rojo. El marido quejándose porque desde que había empezado la escuela, habían hecho muy poco el amor. La jodienda del calentador de agua que no acababan de arreglar, y el reguero que esto había traído consigo. El debate si el matrimonio era la mejor entrada o la peor salida. El concierto del sábado que más bien sentía como un “yugo” en la nuca. El muchacho trigueño que la había seguido con la vista el lunes en la cafetería. La goma baja de aire que ya sabía de sobra tenía que cambiar. La pintora que nunca llegó a nacer. La mejor amiga, a quien extrañaba con la vida y nunca más había vuelto a ver. El diario de mariposas que le vociferaba “no me escribas más”. Los presos los cuales vigilaría, cuando fuera admitida como oficial de correccional Los deseos secretos que no se atrevía a liberar. Algunas plantas que mataba en el barcón por haberles dado “la espalda”. El poco tiempo que le quedaba para ella. Los libros que se empecinaba en leer pero que cerraba inconclusos por no entender. La sonrisa que se tenía que dibujar ante todo estudiante que llegaba buscando ayuda. Los jeans que ya no le servían y le gritaban “úsame, te hare bien”. El video con señales que había acabado de ver. El mar al cual deseaba regresar.

Marga, más amarga que la hiel, tomo la decisión de su vida. Se levanto del sofá verde fosforescente en donde se cuestionaba su existencia. Pateo todo lo que la venía agobiando. Se dio un baño. Entró a internet, compro el primer boleto disponible a Madrid. Preparó su mochila azul. Dejo una carta de despedida sobre la mesa. “¡Que se las arreglen como puedan!” pensó.

Dejó toda una vida atrás para empezar de cero. Optó por mirar solo hacia adelante y hacer lo que le venía en gana. Ella, con su mochila azul. 

© DG

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