Amigo;

No envidio tu flamante auto

Ni el moderno barroquismo

De tu residencia;

Ni el enceguecido brillo de tus zapatos;

Ni el pesado reloj que adorna tu muñeca;

Ni los eslabones dorados

Que cuelgan de tu cuello

Con un burlado Jesucristo en su extremo;

Ni la complejidad

De tus vacías prendas de vestir;

Ni el rayo de luz dorada

Que tu dentadura  dispara

Cuando te crees riendo;

Ni el vientre hinchado de tu billetera;

Ni la tersura de tu cutis

Y el ébano de tus cabellos…

 No envidio, amigo,

Ni siquiera,

La semidesnuda y enloquecedora belleza

De tu esposa…

Nada de eso envidio: Solo envidio, y mucho,

El estrechón de manos de tu padre

Y sus palabras: – que tengas suerte, mi’jo-

Y los menudos pedazos

Del silencio que rompen tus hijos y nietos

Con su incomparable algarabía

Al final de cada jornada…

¡Eso sí mi amigo,

Te lo envidio!

¡Y mucho!

 © Miguel Ángel García

Pinar del Río, Cuba

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