Hoy cuando desperté

Hoy cuando desperté, me dije a mí misma: “Hoy es jueves. Y mañana ya es viernes. Can’t wait for the weekend!”, y con la misma me apresuré a arreglarme para venir al trabajo.

Justo antes de salir de la casa, busqué mi agenda  rosada en el lugar donde ayer la había dejado antes de irme a dormir. No estaba. Busqué en todos los lugares posibles, y ya estaba cabreada pues habían pasado 5 minutos en aquella contienda. Cuando más convencida estaba de que Gisselle (mi hermana, que se encarga de cambiar todos los objetos de mi cuarto de lugar), había tomado mi agenda para Dios sabe qué asuntos, decidí mirar una última vez en el mismo librero de la noche previa… Y ahí, debajo de una montaña de papeles, estaba lo que tanto buscaba.

Me subí al elevador, llegué al parqueo, y tuve más problema del usual para abrir mi carro. Tener las manos ocupadas, un vestido ceñido al cuerpo (el vestido se encogió cuando lo lavé con agua caliente), y unos tacones altísimos, no me ayudaban a poner mi día en rumbo.

Llegué al Campus, y como es habitual, me fui a la cafetería. Sin un café con leche, no hay quien abra los ojos. Y el hecho de estar aislada del mundo en mi pequeño walk-in closet tampoco me posibilita volar con las alas del Red Bull (que por cierto, odio a la máxima potencia).

Como ya tengo acostumbrado, las mañanas de los jueves son sagradas para los “regalos” de mis Pandoras. Busqué la página web que normalmente utilizo para sacar alguna historia bonita que entregarles, o quizás algún poema que les recuerde cuán importantes son en mi vida.

Sin embargo, la página estaba desactualizada. Ahí comencé a pensar, a “romperme el coco”, en buen cubano, porque hace semanas que no escribo nada en mi blog, y ciertamente, mi musa está en su estado vacacional, así que copié algo en un documento de Word, y lo salvé para cuando pudiera imprimirlo.

Entonces, poquito a poco, fueron llegando hadas a mi oficina. Sin orden específico, todas importantes para mí. Traían un pedazo de sus almas escritas en trozos de papel.

La Gitana me vino a contar de la importancia de decirle al mundo lo que sentimos. De hacernos notar en la gente que nos importan, porque sólo así, ellos también sabrán que el sentimiento es mutuo. Me gustó mucho el ejemplo de los padres siempre ocupados, y de los hijos, que poco a poco escriben su historia, siguiendo el mismo patrón de sus progenitores.

Al rato llegó Ojos Bellos. Dejó un poco de su magia en una hoja en mi escritorio. Vino a contarme en ella sobre la percepción que tiene de la vida, por qué cada día es un milagro, y por ende, un regalo. Ahí evalué mis palabras de la mañana, mis primeras palabras del día: Hoy NO sólo es jueves. Es HOY, es una oportunidad de vivir, de aprender que no es un día cualquiera, que de “hoy” depende la vida misma…

Por eso me quedé aún más impresionada cuando la Alita de esta mariposa, apareció en mi puerta con su libro de “A orillas del río Piedra me senté y lloré”, y dos trocitos de su corazón escritos en papel rosado.

En ellos, me contaba la historia de Liv y Eli, que aún no se conocían en persona, y secretamente ya se amaban, y que en un descuido, Liv dejó el libro en un banco de un parque de la Habana, y éste luego encontró las manos seguras de Alita. Acompañado de esta historia, venía un mensaje extraído de las páginas de Coelho: (en resumen) “Es necesario correr riesgos. Sólo entendemos del todo el milagro de la vida, cuando dejamos que suceda lo inesperado.”

Y ahí estaba yo una vez más: Hoy es jueves. NUESTRO jueves… De nosotros depende hacerlo memorable. De nosotros depende encontrar ese pedazo de instante donde nos puede cambiar la vida, y no mirar atrás.

Pitirre aún no llega (dice que su regalo de jueves viene doble la próxima semana, porque en esta no tuvo tiempo). Y a Lau hace días que no la he visto. Pero quiero que sepan que a TODAS las adoro, y que mis días estuvieran completamente vacíos sin ustedes. Especialmente, sin ustedes no existirían los jueves.

P.D- A los diez minutos de terminar de escribir lo previo, apareció Lau después de tres días sin vernos. Traía con ella su regalo de jueves: un magneto de esos que pegamos en el refrigerador para sujetar papeles y fotos. Tiene una flor blanca estampada encima, como recordatorio de cuánto me gustan las flores de este color (me recuerdan a Cuba).

Aún más especial fue que mi oficina quedó inundada de Pandoras, que luego se fueron a almorzar juntas (Pitirre llegó dos segundos después que Lau)… ¡ Pero ya eso es otra historia!

© Les Urdanivia

Hialeah, 29 de marzo, 2012

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