Hija de la tierra

A Zahylis Ferro y Adalberto Guerra,  porque conocen de este” lenguaje campesino” latiendo en el corazón. Y porque compartimos aún en tierras diferentes,  el arado, la sombra del framboyán, y el banquito de ordeñar la vaca.

A Ketty Mora, porque sabe  de esos días amarillos y sabrosos. Y de nodrizas hijas de la tierra.

 

 

Todas mis amistades cercanas saben que yo soy guajira de pura cepa. Ó sea, ni me da pena decir de dónde vengo, y me encanta “gritar” a los cuatro vientos mis vivencias guajiras. 

Hoy, les quiero contar de “los días amarillos”. Aquellos días eran tan gratos… eran los días del corte del maizal. Ese tan importante evento coincidía con mis vacaciones de verano y nada me hacía más feliz que correr libre y descalza por los surcos de tierra colora’. Aunque lo malo no se demoraba en acercarse: la picazón.  Me complementaba pararme debajo del framboyán donde mi abuela tenía su batea, y como un marinero situado en la popa del barco, admirara cómo se balanceaban las matas de maíz con el viento. Danzaban unas contra otras. Sus largas hojas eran sus brazos, el tallo su cuerpo. Ansiosa le preguntaba a mi abuelo si ya se acercaba el gran día. E internamente cruzaba mis dedos deseosa de que el gran día yo aun estuviera en la finca. Debo agregar que secretamente, resentía el hecho de que mi prima (vecina mía también) si pudiera participar en aquellos significativos eventos, como eran las parideras de las vacas, chiva, y perras. También el corte de tabaco y el despalillo.  De cierta forma la sentía “mas guajira” pues ella si permanecía en aquellas tierras todo el tiempo. Sin embargo yo iba y venía los fines de semanas, y lo más que varaba  en esos lares eran durante las vacaciones. Bueno, el caso es que el estar presente en la finca para el corte de maíz  me daba la oportunidad de vivir una aventura sin igual. Ese día me posesionaba de la rastra (una especie de equipo rústico que había construido mi abuelo, para echar dentro las mazorcas de maíz) mientras los bueyes jalaban de ella. Ese día me sentía súper útil, como una heroína arrancaba las mazorcas de maíz, con la misma  furia que  un niño muerde un algodón de azúcar. Era mágico poder tenerlas en mis manos, algunas pelirrojas, otras rubias y también castañas. ¡Debo confesarlo! Las mazorcas de maíz fueron por mucho tiempo mis muñecas de campo. En mi mente las veía como damiselas, deidades de pelo largo, que se alzaban libres ante aquel cielo azul. Secretamente deseaba tener el cabello tan largo como ellas (fue imposible de niña, siempre lo llevaba corto por las piojeras que cogía frecuentemente). Ya cuando la rastra tenía suficientes como para yo sentarme encima de ellas, paraba de trabajar y solo jugaba, mientras los bueyes  seguían jalando del equipo y mi abuelo continuaba aquél duro trabajo bajo el sol. Me encantaba que llegara el día de pelarlas. Empezábamos temprano en la mañana, mis abuelos me daban el banquito de ordeñar la vaca, y me daban instrucciones de cómo pelar las mazorcas. Mientras, venían a saludarme los perros y el gato. Allí los tres sentados, trabajando en equipo, hablábamos reíamos y tirábamos las mazorcas ya limpias de pelos, a un mismo saco. ¡Y seguía el festín amarillo, pero en nuestra boca! Del corte, sacábamos para guiso (mi favorito), tamal, majarete, frituritas y harina. Y pasaban los días y seguíamos comiendo de aquella cosecha. Que si harina con leche, que si harina con huevo frito y aguacate, que si arroz amarillo con puerco y maíz, que si maíz tostado, que si majarete para postre… ¡Había maíz para rato! Nunca olvido que una tarde, Luis Mirabal, que venía bajando a caballo por el camino real,  se desvió debido al delicioso olor que salía  de nuestra casa y apeándose del caballo se acercó a pedirnos  frituritas por la ventana del comedor. Dicen que a partir de ese día, hasta en los velorios mencionaba las frituras de mi abuela y decidió que  también cultivaría maíz, para tenerlas en el  patio de su casa, como quien dice.   

Yo atesoro esos recuerdos en mi corazón, como un cofre lleno de joyas preciosas. Sin más rodeos mis amigos: Aquellos días eran muy amenos y aún en la distancia, rehúso a divorciarme de la tierra que me vio nacer.

 

© Daymé García R.

04/17/12

 

 

2 comentarios

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2 Respuestas a “Hija de la tierra

  1. Adalberto G.

    Dayme la tierra tiene ese lenguaje que solo entienden los que de su vientre vienen, y tu lo entiendes. Los guajiros como yo se vuelven a los olores y las cosas que fueron “nuestro campo” en tus palabras. Te agradezco esta nota como agradece el maíz el agua y espero que nos lluevas mas con cosas como estas.
    Saludos
    Ad Guerra

  2. Linda, gracias por pensar el la tierra y en mi y regalarnos esta mezcla de recuerdos y añoranzas y sentimientos puros. Un abrazo gradisimo, MUA

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