Hoy fue mi graduación de 1r grado. Desperté temprano, y más espabilado que de costumbre me alisté. Empecé por asearme como mami me ha instruido que haga, me puse el uniforme que hasta tarde estuvo planchando y los zapatos que hoy hasta brillo le dio. A lo largo del curso me esforcé muchísimo para que estuvieras muy orgulloso de mí al ver cuántos diplomas he ganado. Y cuando digo que me esforcé muchísimo, es porque realmente  lo hice. Cuando me daban muchas ganas de hablar con mi compañero de al lado sobre mi paseo a la playa el fin de semana, o cuando tenía muchos deseos de contarle a mi amiguita del otro extremo de la mesa, sobre el  perro nuevo que tengo en casa, me aguantaba la lengua para así poder coger excelente en conducta. Esperaba a la hora de la merienda, te juro que la lengua me picaba, pero aguantaba porque si no me llamarían la atención. Era una prueba muy grande eso, como si me pusieran un cake delante y esperase para probarlo, sin pecar de meterle el dedo. Me esforcé haciendo todos mis proyectos y entregándolos a tiempo. Mami con su cantaleta de: “Las cosas se hacen bien, o no se hacen”, me sacó el jugo aquella noche que tuve que hacer una autobiografía de mi vida y que estuvimos  hasta las 12 de la madrugada cortando y pegando fotos. Recuerdo que al otro día en la clase estaba tan cansado, soñoliento y malhumorado que casi le doy una mala contesta a la maestra, pero me armé de paciencia porque sabía que me metería en problemas. Siempre alcé mi mano antes de responder las preguntas y seguí instrucciones en el salón. Por nada del mundo desobedecía a la maestra y siempre me esforcé el máximo. Llegué temprano todos los días y aún cuando me sentía mal, le pedí a mami que me llevara a la escuela para no estar ausente. También fui  team leader  para así coger otro diploma. Todo porque quería que estuvieras orgulloso de mí. El  corazón me latía muy fuerte dentro de mi pecho. Como cuando me dan un gran susto o una gran sorpresa. Podría jurarte que hasta lo escuchaba. Y sentía mis orejas calientes, en señal de que estaba poniéndome rojo. Caminé con pena entre todos los niños de primer grado graduándose aquella mañana. Le sonreí con cara de susto a mis compañeros de clase… En antelación del gran momento. Sentía un hueco en mi estómago, aunque lo disimulaba muy bien. Seguí sonriendo y ¡Zas! Llamaron mi nombre, el piso se me movió cuando me paré de mi asiento… Ahí iba… Camino a hacerte orgulloso. Subí con pasos apresurados cada escalón…. Me hicieron entrega de mi primer diploma. Otros más. En realidad  no le presté atención.  Sólo me enfoqué en buscar tu sonrisa desde lo más alto, entre la multitud… pero nunca la encontré.

 

 

© Daymé García R

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