La Confesión

Sr. Rodríguez, tengo que confesarle algo- dijo la asistente depositando unos manila folders sobre el escritorio de su jefe y volviéndose a mirarlo con cara de quien ha cometido un pecado capital y necesita absolución.

– Mire, yo no sé cómo decírselo, ni lo que usted vaya a pensar de mí después de esto. La verdad es que usted me enloquece. ¡Me encanta! Veo sus manos tan fuertes, varoniles; escucho su timbre de voz dar una orden y me excito. Me excito hasta el punto de desconcentrarme y ser capaz de cualquier cosa en ese momento. Además, su inteligencia y personalidad lo hacen resaltar ante mis ojos, verlo superior a los demás hombres en esta oficina. – Hablaba rápido, y cruzaba las piernas, visiblemente nerviosa. Haciendo una breve pausa, arrancó de nuevo.

-Me atrevo hasta a decirle que lo imagino susurrándome al oído y cuando pienso en eso, me erizo toda. He tratado de imaginar sus besos, sus manos robándome en un asalto inesperado, su lengua recorriendo mi cuerpo….yIMG_20130402_143900 debo confesarle que disfruto lo que ha avivado en mí. También el hecho de que sus ex – siempre lo anden rondando, me ha despertado cierta curiosidad.  – Hablaba ahora más segura, como si se le hubiera soltado la lengua.

¡Ay qué pena, Dr. Rodríguez ¡ – Dijo volviendo a la realidad y percatándose de que había hablado demasiado, sonrojándose, envuelta en un torbellino de sentimientos encontrados. Hubo un largo silencio, interrumpido por el crujido de una silla y la voz del hombre en la oficina.

-No tenga pena, Srta. Pérez. La verdad esto me ha tomado de sorpresa. No sé qué decir- comentó el Sr. Rodríguez mientras estiraba su cuerpo sobre el asiento de ejecutivo dejando así entrever el bulto que despertaba dentro de sus pantalones.

 

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